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Una escapada navideña a la ciudad de los belenes: pizza y caos para darle color a los días invernales

En invierno cuesta un poco más decidir destino. Hay menos horas de luz, es más probable que el tiempo te dé algún disgusto y, los destinos «de moda» se reducen a mercadillos navideños que en estas fechas están a rebosar y con precios por las nubes.

Si te apetece algo distinto, más tradicional, con mucha personalidad y donde el vino caliente y las galletas de jengibre no acaparen toda la oferta, Nápoles es lo que necesitas. Aquí la Navidad huele a café fuerte, masa de pizza recién hecha y cera de vela. Y, sobre todo, tiene algo que pocas ciudades pueden ofrecer, ya que esta locura italiana es conocida como la ciudad de los belenes.

Belén ya listo

En Nápoles la Navidad no se limita a un par de semanas. La tradición de los presepi está tan arraigada que los belenes se trabajan durante todo el año, aunque es ahora cuando brillan con más fuerza (y cuando realmente apetece mirarlos). El mejor ejemplo es la calle San Gregorio Armeno, en pleno centro histórico, donde los talleres artesanos se suceden uno detrás de otro y muestran figuras de todas las formas y tamaños: desde los personajes clásicos del portal hasta futbolistas, cantantes y políticos convertidos en figuritas en miniatura.

Nunca la actualidad y la tradición han estado tan unidas como en estas figuritas que tanta admiración siguen despertando a pesar de los años y los cambios en las modas. El paseo es una mezcla de devoción, humor y puro exceso napolitano. El lugar ideal para darle al Belén de tu casa un toque que no pasará desapercibido y es que solo aquí puedes incluir a Maradona o Raffaella Carrà junto al típico pastorcillo o el querido caganer.

Más allá de esta calle, la ciudad está salpicada de belenes repartidos por iglesias y museos. En lugares como la Certosa di San Martino, en lo alto del barrio de Vomero, se conservan algunos de los conjuntos más espectaculares, con escenas que recrean no solo el nacimiento, sino la vida cotidiana de la Nápoles del siglo XVIII. Incluso en la estación central, si te fijas, puedes encontrar un gran belén protegido por cristal que recuerda que aquí la Navidad nunca está demasiado lejos.

Y hay más

Esta época, los belenes y todo lo que les rodea te atraparán por mucho que te resistas, pero hay más. Entre los imprescindibles de Nápoles no pueden faltar un paseo por el laberinto del centro histórico, siguiendo la línea de Spaccanapoli (una de sus calles más importantes) entre iglesias, plazas minúsculas y la siempre animada via dei Tribunali; una visita al Duomo y a la Cappella Sansevero, donde el Cristo Velato impresiona, y la Piazza del Plebiscito, con el Palacio Real como telón de fondo, para entender el lado más monumental de la ciudad.

Cuando necesites aire, una caminata por el Lungomare hasta el Castel dell’Ovo te recordará que aquí el Vesubio vigila la bahía, y si te queda tiempo, subir en funicular a Vomero para disfrutar de las vistas desde el Castel Sant’Elmo o dejarte sorprender por alguna de las estaciones de metro «de autor» remata muy bien la primera toma de contacto con Nápoles.

Hora de comer

En Nápoles comer bien está garantizado y la hora de sentarse a la mesa (o tener comida en tus manos por la calle) será uno de los momentos más esperados del día. Cuna de la pizza napolitana, aquí no solo presumen de su creación, también la respetan para que puedas degustarla sin tener que buscar mucho. Menos conocida fuera, pero igualmente tradicional y popular, es la pizza frita. Pruébala antes de opinar…

Viaje completo

Si dispones de un par de días más, el invierno es un buen momento para hacer alguna excursión desde Nápoles. Pompeya, por ejemplo, se visita mejor sin el sol de justicia del verano. Esta ciudad de la época romana quedó arrasada por completo por la explosión del Vesubio y hoy es un museo al aire libre en el que apreciar como en ningún otro lado, como era la vida hace siglos. Sus calles, tiendas, casas y plazas están tan bien conservadas que parece un decorado de película o un libro de texto.

Otra opción es acercarse al propio volcán. No hace falta ser un experto senderista para disfrutar de las vistas, ya que el camino está bien marcado y, a cambio del esfuerzo, tendrás una panorámica espectacular de la bahía y la ciudad a tus pies.

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