Salud

Por qué los humanos somos la única especie que baila y qué sucede en el cerebro cuando lo hacemos

La ‘danza’, si atendemos a algunas definiciones, es un comportamiento exclusivo de la especie humana. Y uno un tanto peculiar, si lo miramos desde un punto de vista puramente biológico o evolutivo.

Los antropólogos, que son quienes estudian precisamente las conductas humanas a través de las diferentes culturas, han propuesto diferentes teorías sobre su origen y sus objetivos, si bien no existe consenso sobre cuál de ellas es la correcta. Sobre esta cuestión, la bióloga Caroline Williams explora algunas de las posibilidades en su libro Move! (Planeta, 2023) y también se pregunta por los procesos cerebrales que se desencadenan a partir de esta actividad tan única.

«Una exhibición para demostrar que puedes sobrevivir»

Así, según esta experta, «algunos sugieren que la danza comenzó como una forma de narrativa física. Otros insisten en que se trata de un modo de exhibición, para mostrar a los miembros del sexo opuesto que estás en forma, eres fuerte y tienes buena coordinación; que posees, en suma, lo que hace falta para sobrevivir en la naturaleza».

Eso sí, menciona, «todo el mundo está de acuerdo en que la danza forma parte de nuestro repertorio de movimientos desde hace mucho tiempo; seguramente tanto como llevamos plantados sobre las piernas. La prueba en firme más temprana procede de unas pinturas rupestres de 9.000 años halladas en una cueva de la India, en las que aparece un grupo bailando, pero sabemos que los seres humanos producían música (y, seguramente, bailaban con ella) mucho antes. Los instrumentos musicales más antiguos (flautas talladas en huesos animales) se remontan a 45.000 años atrás».

«Llevamos la capacidad instalada de nacimiento»

Y es que la danza parece estar, opina esta autora, fuertemente ligada con la misma morfología y función de nuestro propio cerebro. «Llevamos incorporada de nacimiento la capacidad de percibir el ritmo y de reaccionar a él», dice. «Estudios llevados a cabo entre niños de dos y tres años demuestran que si se graba su actividad cerebral mediante electrodos conectados al cuero cabelludo mientras escuchan un ritmo regular y se omite algún sonido de forma inesperada, sus cerebros reaccionan de un modo que sugiere que han notado la ausencia».

«Apenas unos meses más tarde», continúa, » esta afinidad natural con el ritmo empieza a vincularse al movimiento. Los bebés de cinco meses ya muestran signos de moverse al ritmo de la música, una habilidad que empieza a recordar al baile, conforme adquieren mayor control voluntario del cuerpo. También es evidente que, desde la más tierna edad, moverse al ritmo de la música provoca sensaciones agradables».

«Ayuda al cerebro a compartir información»

Ya de adultos, estos procesos relacionados con nuestra capacidad de bailar terminan de florecer en toda su magnitud: «A causa del vínculo existente entre el sonido y el movimiento en el cerebro, seguir un ritmo con el cuerpo no sólo resulta agradable, sino que apenas requiere esfuerzo», argumenta. «Los estudios con técnicas de imágenes cerebrales demuestran que cuando oímos música, sin importar si nos movemos o no, las regiones que se encargan de la planificación de movimiento se activan al mismo tiempo que aquellas involucradas en el procesamiento de sonidos».

«Las ondas cerebrales de las dos regiones empiezan a vincularse como dos péndulos que oscilaran con movimientos idénticos. Este fenómeno, llamado encarrilamiento, facilita que el cerebro comparta información, ya que un pulso sincronizado se impone con claridad sobre la información eléctrica que chisporrotea al fondo […]. La capacidad del ritmo para abrirse paso entre el ruido neuronal es un elemento clave de la necesidad de seguirlo, porque nos permite acompañar la pulsación sin apenas esfuerzo consciente», concluye.

Referencias

Caroline Williams. Move!. Planeta (2023). ISBN: 978-84-480-3162-6.

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