| Lunes, 18 de Febrero de 2013

Animales contra Toni Cantó

Las lapidaciones públicas en la plaza del pueblo se están poniendo muy baratas de un tiempo a esta parte en este país

Decir que los animales no tienen derechos humanos es perfectamente compatible con la petición de que el maltrato a los animales sea castigado

La postura de UPyD es en realidad contraria a los toros aunque no se atreva a manifestarlo abiertamente

Cartel para la candidatura de Toni Cantó en las elecciones de 2012 / UPyD
Cartel para la candidatura de Toni Cantó en las elecciones de 2012 / UPyD

Cristian Campos

Menuda superficialidad la del debate provocado por la intervención del diputado Toni Cantó, de UPyD, durante la discusión de la Iniciativa Legislativa Popular de la Federación de Entidades Taurinas de Cataluña que pretende que la fiesta de los toros sea declarada bien de interés cultural en España. Me sorprende que su intervención, que podría firmar cualquier defensor de los animales a poco que fuera leída con calma, haya sido resumida en el titular “Toni Cantó dice que los animales no tienen derecho a la vida”.

Y me sorprende que la habilidad técnica necesaria para manejar una cuenta de Twitter o de Facebook no vaya acompañada de la capacidad intelectual mínima para analizar y comprender el verdadero sentido de un texto. O de la honestidad intelectual necesaria para no criticar unas declaraciones o un discurso del que apenas se ha leído un titular sacado de contexto.

Lo que no me sorprende es el linchamiento de Cantó. A fin de cuentas, las lapidaciones públicas en la plaza del pueblo se están poniendo muy baratas de un tiempo a esta parte en este país.

Por supuesto, no es necesario que todos los ciudadanos españoles seamos doctores en teoría del derecho para opinar de los asuntos públicos que nos importan. Pero sí debería exigírsenos un mínimo de sentido común antes de salir a la calle, subirnos a una caja y dar rienda suelta a nuestras neurosis particulares a grito pelado.

Ideas basura

Un truco habitual para desenmascarar ideas basura es obligar a sus defensores a llevarlas, no ya hasta sus últimas consecuencias, sino apenas un paso más allá del eslogan de todo a 100.

Veamos. Los animales tienen derecho a la vida, ¿cierto?. Bien, en ese caso denunciemos por asesinato al carnicero de la esquina y por canibalismo a todo aquel que alguna vez se haya comido un bistec de ternera. “¡Ah, menuda tontería, es que esos son animales destinados al consumo humano!”, me dirán. Bien, ya hemos llegado a una conclusión: sólo los animales con mal sabor tienen derecho a la vida.

Pongo otro ejemplo. Los animales tienen derecho a la libertad. Denunciemos entonces por secuestro o detención ilegal a todos los propietarios de una mascota casera. “Ah, vaya demagogia, es que esos son animales domésticos”. Ya tenemos una segunda conclusión: sólo los animales poco sumisos tienen derecho a la libertad.

Vamos a ver si entendemos cómo funcionan los sistemas jurídicos de las sociedades complejas. Si los animales tienen derecho a la vida y la libertad, ese derecho ha de ser defendido por el estado exactamente igual que se defiende el derecho a la vida y la libertad de los seres humanos. Es decir, con un guardia civil abriendo la puerta del corral de las gallinas para que estas corran libres por la Gran Vía madrileña. Y mucho ojo con atropellar una. A no ser, claro, que nos dediquemos a establecer excepciones a esos derechos para determinadas categorías de animales: los de granja, los destinados al consumo humano, los domésticos, los no domésticos pero fáciles de atrapar y de mantener, los destinados al testeo de medicamentos o de terapias médicas, los destinados a investigaciones científicas…

Porque eso es exactamente lo que el derecho a la vida y a la libertad implican: la posibilidad de reclamar en los tribunales y bajo la amenaza de una sanción establecida por un poder soberano legítimo el restablecimiento de un determinado estado de cosas que, para simplificar, llamaremos orden social. Es más: si los animales tuvieran derecho a la vida y a la libertad sería legítimo suponer que también tendrían las obligaciones asociadas a esa libertad. Deberíamos por tanto procesar por asesinato a todos los leones que comen gacelas, a todas las arañas que comen moscas y a todas las serpientes que comen ratones.

Pero el absurdo que supone reclamar derechos típicamente humanos para los animales puede ser solventado si afinamos un poco el lenguaje. Es decir si afinamos el pensamiento. El derecho a la vida o a la libertad de los seres humanos es un derecho irreductible en el sentido de que no puede ser englobado en un derecho superior y más amplio o genérico. Es lo que el filósofo y profesor de filosofía del derecho de la Universidad de Oxford John Mitchell Finnis denomina “un valor básico de la existencia humana”. Ese valor básico, en el caso de los animales, sería el derecho subjetivo a un estado libre de perjuicios innecesarios causados de forma voluntaria por la mano del hombre.

Lo que queremos decir en realidad

Cuando un defensor de los animales dice “los animales tienen derecho a la vida”, que es una frase cuyo significado entendemos perfectamente y con la que todos podríamos estar de acuerdo a pesar de su imprecisión, lo que está intentando decir más bien es que los seres humanos tenemos la obligación de evitar los maltratos o los daños innecesarios a los animales.

Según este punto de vista, el testeo en animales de medicamentos o de tratamientos contra algunas enfermedades sería tolerable pues el hipotético beneficio potencial para el ser humano se considera, en general, superior al derecho subjetivo del animal a no ser maltratado innecesariamente. Es decir que la palabra clave aquí no es “derecho” sino “innecesario”. Según este punto de vista, ni la fiesta de los toros, ni la caza o la pesca de animales no destinados al consumo humano, ni el uso de animales para el testeo de productos cosméticos deberían ser legales. Lo cual es bastante más sensato que defender la inclusión de los animales en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Y lo que está diciendo también ese defensor de los animales, aunque de manera bastante torpe, es que solo el ser humano puede ser sujeto de derechos y obligaciones por la simple razón de que sólo el ser humano tiene la capacidad de distinguir el bien del mal y de entender la relación entre derechos y obligaciones. Los animales no tienen esa capacidad. Ni siquiera potencialmente en tanto en cuanto pertenecientes a la especie humana, como sería el caso de un bebé o el de un discapacitado intelectual. De hecho, para que el derecho subjetivo de un animal a no ser maltratado innecesariamente sea respetado es necesario un ser humano que redacte la demanda que posteriormente será atendida en los tribunales por otros seres humanos con el objetivo de que el ser humano maltratador sea castigado por otros seres humanos llamados policías o funcionarios de prisiones. Todo queda en casa.

Es por esa razón por la que, cuando un perro sin bozal muerde a un niño, denunciamos a su propietario, no al perro. Decir que los animales no tienen derecho a la vida o a la libertad no implica que tengamos derecho a matarlos por capricho, a torturarlos por diversión o a privarles de su libertad sin motivo. Decir que los animales no tienen derechos humanos es perfectamente compatible con la petición de que el maltrato a los animales, como es el caso de los ahorcamientos de galgos en Medina del Campo hace ya una década, sean castigados con exactamente la misma pena que conllevaría el delito si la víctima fuera un ser humano. Porque el respeto a los animales no es incompatible con el respeto a la razón y a la precisión jurídica. Como no es incompatible con el hecho de considerar verdaderos tarados mentales a los que dicen querer más a sus perros que a los seres humanos.

Y eso es exactamente lo que dijo Toni Cantó en su famosa intervención de la semana pasada. Que un alegato prácticamente animalista haya sido convertido por esa trituradora de carne que es la masa anónima emboscada en internet en una declaración de guerra a los animales es la prueba de que más nos valdría gastarnos el presupuesto de educación de este país en pipas. Porque, visto lo visto, parece que de las escuelas y las universidades españolas solo salen torquemadas deficientemente alfabetizados. Chavales capaces de encender un ordenador e introducir la contraseña pero absolutamente incapaces de analizar un texto con sentido crítico. Y lo que es más grave: perfectamente inconscientes de sus graves carencias intelectuales.

La postura de UPyD

Otra cosa muy diferente es que la postura impecablemente animalista de UPyD, que pone el acento de la protección de los animales en aquellos que realmente pueden llevarla a cabo, es decir en los seres humanos, sea incoherente con su dontancredismo en el debate de la mencionada Iniciativa Legislativa Popular. "Dejemos que sea el propio mercado, que sea la propia sociedad española la que decida si [los toros] deben seguir o no. No estamos de acuerdo con la prohibición, tampoco con la subvención", dijo Cantó.

Que el Estado debe alejarse lo antes posible y como alma que lleva el diablo de la fiesta de los toros es una evidencia que no creo que ponga en duda nadie razonable en este país. Y cuando digo toros digo cualquier fiesta popular en la que se maltraten animales. También parece evidente que la fiesta de los toros no duraría ni seis meses sin el apoyo del presupuesto público, con lo cual es legítimo deducir que la postura de UPyD es en realidad contraria a los toros aunque no se atreva a manifestarlo abiertamente por vaya usted a saber qué complejos. UPyD prefiere que el enfermo muera de inanición antes que practicarle la eutanasia, eso está claro.

Cuando Toni Cantó dice que “la capacidad de sufrimiento y la percepción de dolor establece una continuidad entre animales racionales y animales irracionales”, y añade luego que “esa continuidad no transforma a las bestias en nuestros iguales éticos, pero sí nos obligaría a considerar sus padecimientos y velar por su bienestar”, lo que está diciendo es que nos corresponde a nosotros, los humanos, responsabilizarnos del bienestar de los animales. Es decir de protegerlos. Y, más concretamente, le corresponde protegerlos a aquellos seres humanos con potestad legislativa. Es decir al señor diputado Toni Cantó, entre muchos otros. Porque aún no se conoce el caso de un toro que se haya presentado en la comisaría más cercana para denunciar al torero por intento de asesinato.

Así que si las hordas de Twitter y de Facebook hubieran estado un poco más finas habrían criticado a Toni Cantó y a UPyD por su incoherencia intelectual. O por pretender engañar a los españoles mareando la perdiz y poniéndose de perfil en el debate sobre la fiesta de los toros. Eso mismo que tanto se le critica a Mariano Rajoy. Pero jamás por insensibilidad animalista.

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