Señoría,VayaTerminando

| Miércoles, 29 de Octubre de 2014

El país del banano espera a su Pablemos

La duda es si la depuración del Sistema llega tarde. La opinión pública española parece haber decidido que somos un país bananero que hay que poner en manos de sus correspondientes adanes bananeros.

Mariano Rajoy en el Congreso antes de la sesión de control / EP
Mariano Rajoy en el Congreso antes de la sesión de control / EP

Jorge Bustos

Jaimito hizo novillos de la misa dominical pero al llegar a casa le dijo a su papá que venía de la iglesia.

-¿Ah sí? –sospechó su padre–. ¿Y de qué ha ido el sermón?
–Pues… del pecado, papá.
–¿Y qué ha dicho el cura sobre el pecado, Jaimito?
–Pues que no es partidario.

Mariano Rajoy tampoco es partidario de la corrupción, y así se lo ha hecho saber a la Cámara en una mañana que el orden del día consagraba teóricamente al Consejo Europeo y después a la sesión de control. Pero ¿qué es un orden del día hoy en España? Nada: un papel prácticamente tan decorativo como el articulado de la Constitución. El pueblo harto clama venganza, la prensa jalea la necesaria catarsis, en los platós de las tertulias clavan picas a la espera de sus respectivas cabezas y el Parlamento, sede de la soberanía al fin y al cabo e imagen fidedigna de la gresca nacional, ardió hoy en santa intransigencia hacia el cohecho, el convoluto, la mordida y el tresporcentismo institucional. Si Rajoy hubiera venido de Bruselas con la despenalización de la marihuana bajo el brazo habría dado lo mismo: hoy solo cabía hablar de corrupción. Y es comprensible, claro. La charca española ha llegado al punto de ebullición.

Como en el chiste de Jaimito, la matinal tomó un cariz religioso: la oposición en tromba demandaba a don Mariano –España no deja de ser católica, aun por negación– más examen de conciencia, más decir los pecados al confesor, más propósito de la enmienda y, sobre todo, más cumplir la penitencia. O sea: dimitir y hacer dimitir, en paráfrasis de Suárez, precisamente para cerrar el régimen de completa podredumbre que el difunto bautizador del aeropuerto habría inaugurado.

Ante los ojos cansados de los españoles, minados por un proceso de depauperación que va para los seis años, desfilan los nombres de los depredadores áulicos que decían representarlos. Es la cólera del excluido del banquete –más que una genuina formación democrática– la que alimenta la gran catarsis puesta en marcha por los jueces, siempre sensibles a la dirección del viento social. Ahora mismo vestir de marca está a punto de considerarse una provocación. El barrio de Salamanca y la Moraleja serán pronto amurallados con sacos terreros (de Loewe) y patrullados por pijos en armas para defender su estilo de vida inalcanzable de los zombis del nuevo proletariado, famélica legión con largas coletas. Las sedes de los partidos serán desguazadas. España, año cero. A empezar otra vez.

Es una opción. Bastante cinematográfica, no puedo negarlo. La otra opción es la de la depuración controlada por el propio Sistema, como le pidió Rosa Díez al presidente con una intervención sorprendentemente más constructiva que justiciera. Le pidió que hiciera algo, que no vale con pedir perdón, que hay que actuar. Se lo pidieron todos los portavoces. Pedro Sánchez destapó su tono más agresivo, y provocó así una respuesta en tono simétrico de Rajoy, quien normalmente tiene en la pausa ancelottiana su mejor aliado retórico, ese que cuando un Aitor del PNV le pregunta si cree que el Gobierno debe cumplir la ley (sic), le lleva a responder: "Hombre, sería notable que yo respondiera que no".

–Ninguna de las personas que están en los tribunales sigue en mi partido. Yo he pedido perdón, ¿ha pedido perdón usted por los ERE? ¿Es cierto que Susana Díaz no le deja tomar decisiones? Y cuando intervenga, infórmese. Por lo menos Rubalcaba se sabía los temas.

Tras las diatribas ácidas de Montoro en el pleno de Presupuestos, el joven Sánchez ha experimentado hoy la pegada del veterano parlamentario que hay en Rajoy. Eso le viene bien para curtirse. Proclamar que Rajoy ha abandonado a los niños hambrientos quizá sea eficaz en televisión, pero don Pedro debiera de una vez de alejarse del modelo Aló Presidente de Pablemos, como hace astutamente doña Susana. Y como hace su portavoz Antonio Hernando, un contrincante mefistofélico para Soraya Sáenz de Santamaría, capaz de desviar suavemente una pregunta sobre el ébola hacia un recitado enfático del fatal SMS a Bárcenas: “Sé fuerte, Luis. Hacemos lo que podemos”. La vice no se lo esperaba y sobreactuó la réplica con una solemnidad que no le beneficia (la solemnidad no beneficia a casi nadie) y que ni siquiera pudo concluir porque una pataleta unánime recorrió la bancada socialista y llegó hasta Posada, despertándolo con crueldad.

El caso es que el pacto anticorrupción del bipartidismo será imposible porque el PSOE renunciaría con él a usar los casos púnicos del adversario como arma política, y porque además estaría entregando en bandeja munición anticasta a su verdadero enemigo, que es Podemos. Rajoy por cierto nombró la formación de Pablo Iglesias por primera vez en sede parlamentaria, que yo recuerde, y le espetó a don Cayo que tuviera cuidado con su flanco izquierdo. Qué me vas a contar a mí, pensó el portavoz de IU, pero en lugar de decirlo exigió a Rajoy una comisión de investigación. Pudiendo exigir una intergaláctica.

Vivimos uno de esos momentos inconfundibles, entrañablemente nuestros, de convulsión política y furia social acompañadas de espasmo mediático. La causa esta vez no es un petrolero ni un atentado, sino el goteo de obscenidad sobre el vaso rebosante, que es la paciencia del ciudadano empobrecido. Tiene razón Rajoy en que vemos esas gotas justamente porque corren sin trabas por las cañerías del Estado de Derecho. La depuración está en marcha. La duda, la gran duda que atizará el CIS, es si no llega demasiado tarde. La opinión pública es un trasatlántico que cuando ha virado el rumbo tarda mucho en poder girar otra vez, y la opinión pública española parece haber decidido que somos un país bananero que hay que poner en manos de sus correspondientes adanes bananeros. Yo, que no soy ni buen español ni buen tertuliano, no creo en absoluto que vivamos en una cleptocracia, sino que hemos vivido en una. El tiempo verbal es clave. Tan clave que un ambicioso taimado conjuga el poder en primera persona del plural –podemos– sin confesar el verdadero núcleo del predicado: podemos… empeorarlo.

Jorge Bustos

Jorge Bustos

Cuando los caciques de vía estrecha corten el bacalao, nosotros comeremos salmón. Eso decía Ruano y en este blog estamos de acuerdo.

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