Señoría,VayaTerminando

| Martes, 2 de Septiembre de 2014

“Vamos a por ti, Jordi”

Habituados al pedregoso politiqués que hemos de sufrir los cronistas parlamentarios, Montoro lanzó una diatriba punzante contra la colosal hipocresía de Pujol y su familia, y prometió varias veces: "Iremos hasta el final de este turbio asunto".

El ministro de Hacienda Cristóbal Montoro durante su comparecencia en el Congreso de los Diputados / EP
El ministro de Hacienda Cristóbal Montoro durante su comparecencia en el Congreso de los Diputados / EP

Jorge Bustos

Alguien debió de pensar: “Ya que ha de ser un otoño caliente, que lo inaugure Montoro”. Y el plan, queridos contribuyentes, ha sido un éxito sonoro: ya está montada. El curso parlamentario ha quedado abierto en canal por la retórica a dentelladas del vampírico don Cristóbal, Eliot Ness del fraude fiscal cuando quiere. Y tratándose de Jordi Pujol, ha querido. Vaya si ha querido. Toda la desganada, calculada tibieza que Rajoy exhibió durante el verano desde que el padre patrio de la Cataluña actual confesase la gran evasión ha quedado bruscamente corregida por Montoro de un modo tajante; de un modo montórico.

Ya que en España todo hay que explicarlo con fútbol, la intervención del ministro en la Comisión de Hacienda ha sido como las ruedas de prensa ígneas de un entrenador maquiavélico antes del choque inminente, en este caso la madre de todas las Diadas: “Si creía que pidiendo perdón públicamente se hacía borrón y cuenta nueva, se equivocaba de pleno. Vamos a poner los medios suficientes para ir hasta el final de este turbio asunto: hasta sus consecuencias no solo administrativas y fiscales, sino también judiciales. Mi comportamiento en este caso será el mismo que en el caso del señor Luis Bárcenas”.

¿Jordi Pujol i Soley en el trullo? No caerá esa breva. Pero la misma amenaza es la noticia. Y si me permiten, también el estilo. Habituados al pedregoso politiqués que hemos de sufrir los cronistas parlamentarios, la diatriba punzante contra la colosal hipocresía de Pujol y su familia que con énfasis y delectación leyó Cristóbal Montoro sacudió de los presentes cualquier remoloneo en el síndrome postvacacional. Oratoria caliente, derroche de adjetivos, juicios morales y la gran advertencia de fondo que Rubalcaba supo esgrimir contra los controladores aéreos: “El que le echa un pulso al Estado, lo pierde”. Ni siquiera se esforzó el ministro por disimular que a Pujol se le tienen ganas no tanto por viejo evasor como por neófito independentista:

–Ningún político sensato puede tolerar actitudes de cinismo político de los que se escudan en el nacionalismo pretendiendo lanzar pulsos políticos al Estado y lucrándose y sacando partido personal al mismo tiempo.

No solo eso, sino que sancionó lo publicado por los medios: que los Pujol ya fueron investigados entre 2000 y 2002. ¿Por qué se paró aquella investigación? ¿Por qué ni siquiera trascendió? Quien más quien menos sospecha que las andanzas andorranas de los Pujol eran conocidas y toleradas a cambio de la lealtad constitucional de CiU y su colaboración fáctica en la gobernabilidad del bipartidismo; quien más quien menos sospecha que ha sido el viraje separatista de CiU el que ha roto el pacto clandestino de la vista gorda, el que desató a los sabuesos de la UDEF –qué coño es la UDEF– y puso a funcionar el drenaje de las cloacas del Estado por donde hasta entonces se embalsaba la ciénaga. La moraleja es la siguiente: en este país se puede robar más o menos dentro del sistema, si la cosa no es muy descarada; pero robar y desafiar al tiempo la arquitectura institucional es como si un simple mortal se burla de Zeus y eso, advertían los griegos, convoca siempre una némesis implacable.

Sin perdón social

Sobre el eje de esta misma incoherencia, de este celo antifraude de nuevo cuño, giraron las críticas de la oposición. Saura (PSOE) le recordó a Montoro que dos de los cachorros de la camada Pujol Ferrusola se acogieron a la amnistía fiscal para aminorar las consecuencias de la ilegalidad, lo que probaría que la propia ley tuvo más de salvoconducto que de mina de millones aflorados para pagar sanidad y pensiones. ¿Habría sido tan duro el ministro si Pujol hubiera accedido a pasar por el aro de la Agencia Tributaria? Oigamos algunas saetas:

–No todos los contribuyentes somos iguales. Los que hemos ocupado cargos públicos tenemos un plus de responsabilidad, el deber de un comportamiento transparente y ejemplar. Somos los primeros que debemos cumplir las leyes y también debemos ser los primeros en ser perseguidos cuando no las cumplimos. Por eso no es admisible lo que ha hecho el señor Jordi Pujol Soley. No es una anécdota ni un error [aquí, gesto de comillas con sus ministeriales dedos]: hablamos de millones de euros. Se ha visto obligado a confesar por el trabajo policial, pero ¿quién va a creer sus palabras, si no ha manifestado ninguna intención de reparar el fraude? ¿De qué vale esa declaración si no ha asumido ninguna responsabilidad? Al contrario: el señor Pujol acusa a la banca andorrana de enseñar sus vergüenzas. Ha intentado humanizar su desmán apelando al recurso íntimo de la herencia familiar. ¿Qué es lo más asombroso de la declaración de Pujol? Que no hace nada que demuestre que está dispuesto a hacerlo bien a partir de ahora. Se ha limitado a justificarse, pero un estado democrático no puede admitir un simple mea culpa. El fraude no se expía con una carta novelada de disculpas. No se puede admitir que una carta exonere a una familia de un fraude continuado. No podemos creer a alguien que ha engañado a la sociedad catalana durante más de 30 años. No puede obtener el perdón social si no repone a las arcas públicas lo que nos debe a todos, aunque los antecedentes no invitan a creer que vaya a colaborar. Su comportamiento resulta reprobable hasta un grado que no imaginábamos.

Delitos varios

Así habló Cristóbal Montoro, erigido en Zaratustra de la ética tributaria. Los cristales de las ventanas se ahumaron, y no era la calefacción. “Palabras bonitas”, tuvo que reconocer Coscubiela (ICV), que aprovechó para sacar pecho porque su partido lidera la petición de comparecencia del reo en el Parlament. No necesitó el ministro de Hacienda desvelar nada secreto, más allá de confirmar que Pujol sigue sin regularizar su fortuna y que puede haber incurrido en varios delitos. Todo apunta, en Madrid y en Barcelona, a que la soledad del prócer del mito catalán es definitiva, y el invierno de su vejez tan frío como prevén más allá de Invernalia los guardianes del Muro del Estado. Montoro, en un gesto de magnanimidad final, concedió que Cataluña “tiene representantes públicos mucho más fiables que aquel del que estamos hablando esta mañana”. Dejó que el chasquido reverberara antes de poder prometer y prometer que irán con todo a por los Pujol, que no importa quién haya sido el defraudador y la importancia de la responsabilidad ostentada, que hay que limpiar la imagen de la política y que se empieza a plantear –crujir de dientes– la conveniencia de “flexibilizar las cautelas informativas en casos de especial relevancia social”. O sea, un filtrado Instagram de evasores famosos en bolas financieras para escarnio tuitero, que hoy equivale a la plaza medieval de los autos de fe.

No solo sobre Pujol versó la comparecencia. Montoro comunicó que el primer semestre del año ha sido el más fértil de la serie histórica en recaudación de dinero sumergido: 5.508 millones. Aumenta la recaudación a mayor ritmo que la demanda interna, lo que demuestra el perfeccionamiento transilvano en el arte de la extracción que ha alcanzado Hacienda. Informó de que en dos años el número de encarcelados por delito fiscal ha aumentado un 37%, superando los dos centenares de reclusos. Se puso serio con Gibraltar, cuyo entramado societario birla a Hacienda 1.000 millones al año, y prometió nuevos grados de tolerancia cero con el Peñón y pactos de cooperación con lugares tan paradisíacos Macao, Mónaco, la Isla de Man o la querida Andorra, sede sentimental del hecho diferencial. Anunció nuevas convocatorias de oposición para engordar el cuerpo de funcionarios recaudadores. Y lanzó una puyita deliciosa, absolutamente montórica, contra sus entrañables odiadores de los medios de comunicación: que no se crean especiales esos periodistas tonantes por haber sido investigados o porque se les reclame una declaración paralela: hay más 93.000 casos por el estilo. Menos lobos, Pedro Jota, le faltó añadir. Y es que la primera obligación de un ministro de Hacienda en un país de pícaros es despertar un odio minucioso.

A la salida conversé brevemente con un asesor de CiU en el Congreso. Estaba flipando. Un desengaño más entre las filas nacionalistas y se corre el riesgo de que acaben descubriendo que todos somos iguales.

Jorge Bustos

Jorge Bustos

Cuando los caciques de vía estrecha corten el bacalao, nosotros comeremos salmón. Eso decía Ruano y en este blog estamos de acuerdo.

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