Viernes, 15 de Marzo de 2013

Una mujer nerviosa a propósito de ‘El hombre tranquilo’

El acomodador no cabe en sí de gozo ante el estreno de este clásico de John Ford en su versión restaurada. El 17 de marzo, día grande de Irlanda, hay que revisarla

Maureen O'Hara y John Wayne en 'El hombre tranquilo' - Foto: Cines Verdi.
Maureen O'Hara y John Wayne en 'El hombre tranquilo' - Foto: Cines Verdi.

Irlanda es ese lugar idílico de verdes praderas; de blancos acantilados llenos de épica; de tréboles que te esperan con sus cuatro hojas abiertas. Irlanda invita a la calma, a la paz interior, pero películas como El hombre tranquilo –por fin en el cine restaurada y remasterizada-, tan irlandesa como la mejor pinta de Guinness, han logrado crear cierta ansiedad en el patio de butacas: cuando disfruto de esta película ¿estoy rindiéndome a una historia que defiende una visión muy discutible de la mujer?

Hay razones para pensar así. Grábate en la retina tres momentos: aquel en el que Sean Thornton, interpretado por John Wayne (como ya sabemos, actor prototípico del hombre tradicional) arrastra de la mano a Mary Kate Danaher (Maureen O’Hara), otro en el que una señora le da a Sean una rama para que le dé a su mujer unos azotes, y aquel en el que el sacerdote le dice a Mary Kate que se ha de consumar el matrimonio (en clara alusión a “te has de plegar a los deseos del hombre”). Adiós disfrute. Bienvenidas esas tinieblas que acechan el cine de John Ford, tachado de retrógrado.

Te revuelves como Mary Kate se revuelve en su personaje y te das cuenta de que en esa intranquilidad que ella manifiesta está la clave de todo. Ella ha crecido en esa Irlanda conservadora a la que Sean, un boxeador traumatizado, vuelve en busca de paz; en una sociedad claramente patriarcal en la que no está dispuesta a ser tratada como alguien inferior.

Por eso, dentro de los márgenes que tiene exige sus derechos, especialmente en esa dote que demuestra ser algo más que dinero (magnífica escena cuando ambos reciben la cuantiosa suma): es una lucha por su autonomía y para que el hombre que está a su lado también le ayude en la batalla. Dentro de ese marco tan tradicional, ambos finalmente demuestran caminar juntos, sin que haya necesidad de que nadie se pliegue ante nadie.

Desde luego no se debe olvidar que Ford viene de esa sociedad irlandesa conservadora, a la que en el fondo rinde aquí su pequeño homenaje. Pero debes rascar en la superficie de gran parte de su cine y sobre todo a acordarte de los personajes femeninos de Ford. Y es que si hay alguien capaz de defender la vigencia del matriarcado es él, cuyo catálogo de personajes femeninos con fuerza y que plantan algún sopapo en la cara de algún que otro hipócrita es impecable. Y pongo dos ejemplos: Ava Gadner en Mogambo y Claire Trevor en La diligencia.

En entonces cuando vuelves a El hombre tranquilo con ganas renovadas de disfrutarla. Porque es imposible no querer una película en la que todo un pueblo sale a apoyar a un pastor protestante con tan solo tres feligreses porque todos quieren que él y su mujer no abandonen la comunidad; en la que existe un personaje como Flynn, de cuya afición por el alcohol sabe hasta su caballo, que se para sin que nadie le dé aviso delante de la taberna; en la que el más mínimo detalle invita a sus personajes a unirse en animada charla, como en la estación de tren.

El hombre tranquilo es una película hecha desde el corazón, sin ansias de demostrar un ampuloso dominio de la técnica, que te ofrece escenas como la del beso en la lluvia, que te derrite como si lo que cayese del cielo fuera agua deliciosamente caliente. En Ford hay lugar también para una pizca de erotismo: la camisa que trasluce un cuerpo es la de él, John Wayne, y no la de ella. Y ahora, ¿quién es el hombre tranquilo?

María José S. Mayo

María José S. Mayo

Amo el cine. Quizá demasiado. Estos son mis principios; si no os gustan, tengo otros: los del acomodador.

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