Martes, 25 de Febrero de 2014

¿Matan las lecturas obligatorias a los futuros lectores?

No tiene mucho sentido que un alumno español pueda leer un clásico griego, francés o inglés traducido al castellano actual y se le obligue a lidiar con clásicos españoles escritos en castellano del siglo XVI.

Portada de 'El lazarillo de Tormes'
Portada de 'El lazarillo de Tormes'

El fin de semana pasado, mi sobrina –buena estudiante del último ciclo de ESO– apareció con El lazarillo de Tormes. Tenía que leérselo. Era una edición clásica, escrita en castellano del siglo XVI. Ella y sus compañeras –y compañeros, ya saben– andan peleándose con él en lugar de disfrutar con las aventuras del pícaro Lázaro González.

Es lo que hay: los chavales gastan más tiempo y energía en descifrar lo que quiere decir el texto que en profundizar en la historia.

En esa situación, la lectura se percibe más como un peñazo que como un placer o un desafío intelectual. Y, con cada generación que pasa, el castellano medieval y el del Siglo de Oro requieren un mayor esfuerzo y el abismo entre el libro y el joven lector se agranda.

En cuanto la vi con el libro de marras activé mi "modo tío interrogador". Hablamos de sus lecturas obligatorias –abundan los clásicos– y le pregunté por la que le había gustado más. "El médico a palos, de Moliére", me respondió sin dudar.

Cielos, ¡un clásico! Traducido, eso sí, a la lengua de hoy.

Manda narices: estudiantes españoles disfrutando con clásicos franceses y sufriendo horrores con los suyos. Que me lo expliquen. Son adolescentes, no estudiantes de filología.

Odiosas comparaciones

Reviso las estanterías buscando lecturas de varios cursos. Encuentro un griego. Aristófanes. Dinero, un tema que ya era muy actual en el siglo V a. C. Los personajes –en traducción de Elsa García Novo– dicen cosas como "eres un cara y no tienes pizca de vergüenza: nos tomas el pelo y aún no has tenido agallas para explicarnos nada".

Abro el Lazarillo al azar. Leo: "Él tenía un arcaz viejo y cerrado con su llave, la cual traía atada con un agujeta del paletoque, y en viniendo el bodigo de la iglesia, por su mano era luego allí lanzado, y tornada a cerrar el arca". Ostras.

¿Qué objetivo tiene que una adolescente se enfrente a un texto de esas características? ¿Desarrollará más su capacidad lectora, sabrá más de la época, de la situación del país, de los valores o de los problemas de los humildes en viniendo del bodigo de la iglesia?

Si la mayor parte de los estudiantes lo pasa mal con el castellano actual –no hay más que revisar los informes PISA– ¿cómo puñetas van a engancharse a textos que a muchos adultos más formados les cuesta digerir?

Pretender que le dediquen el tiempo que le consagraban sus abuelos –los que podían estudiar– hace setenta años es mucho pretender. El mundo que hoy rodea a un estudiante está tan lleno de estímulos externos –televisión, Internet, redes sociales, videojuegos, actividades extraescolares...– que resulta ridículo tratarle como a un alumno de mediados del siglo XX, cuando lo más divertido que podían hacer por la tarde era jugar en la calle o escuchar el serial radiofónico.

Hasta el mismísimo Pérez-Reverte reconoció hace unos días que ya no le dedica a la lectura el mismo tiempo que antes.

Y, claro, las estadísticas luego no mienten. Tenemos unos niños y niñas que leen mucho y dejan de hacerlo en cuanto crecen.

De adaptaciones y descafeinamientos

Claro que aquí se podría abrir un nuevo debate: ¿para qué leemos? O, ya que hablamos de estudiantes, ¿por qué deben leer nuestros jóvenes? ¿La lectura debe divertir exclusivamente? Ya ven, daría para muchos artículos y bastantes polémicas.

Vuelvo al tema de los clásicos en la escuela y los institutos.

Repaso algunos artículos sobre ellos y cada vez hay más voces que se decantan por las adaptaciones de los textos de nuestra literatura clásica al castellano actual. Todo son ventajas. Por un lado, requieren un esfuerzo intelectual del alumno pero, por otro lado, permiten que el lector pueda reflexionar sobre lo que lee, no pelearse con un léxico y una sintaxis perdidos en el tiempo. Ya les llegará el momento de sumergirse en la versión original, si lo desean.

Edición de 'Los cuentos de Canterbury' de Shakespeare de la colección 'No Fear'
Edición de 'Los cuentos de Canterbury' de Shakespeare de la colección 'No Fear'

En los países anglosajones –ya hablé del tema, pero es bueno recordarlo– se encontraban con problemas parecidos al abordar la obra de Shakespeare. Era el coco. Por eso nació un proyecto francamente interesante, No Fear Shakesperare –Sin miedo a Shakespeare– que ofrece la posibilidad de leer la misma obra en inglés actual y en el inglés original.

El proyecto ha cosechado tal éxito que ya hay una pequeña colección de clásicos ingleses "sin miedo", desde Los cuentos de Canterbury a El corazón de las tinieblas. Y la lista crecerá en los próximos años.

Adaptar, en este sentido, es dar a los textos antiguos el mismo tratamiento que se daría a una obra extranjera, cuidando todos los aspectos de la traducción, formales y de contenido.

El problema es que, dados como somos a los movimientos pendulares, hay quien confunde adaptación con descafeinamiento, o infantilización. No es eso.

Es tan perjudicial ofrecer a los adolescentes y jóvenes novelas de lenguaje abstruso como cambiarlas por las versiones hechas para los niños o por la llamada "lectura fácil", destinada a estudiantes foráneos, extranjeros que aprenden nuestro idioma o personas con dificultades lectoras.

Y no digamos ya cuando se mezclan cuestiones como la corrección política, en cuyo nombre se desvirtúan argumentos y se cambia el perfil de los personajes. Sería mucho mejor enmarcar las lecturas en su época, analizándola y comparándola –si se quiere– con la actual, en lugar de inventarse un texto alternativo acorde con nuestra visión del mundo. Ese sí que sería otro buen debate.

Por fortuna ya empiezan a abundar los títulos que responden a esos criterios de rigor narrativo y adaptación formal al lenguaje actual. Me tomo un cafelito mientras releo El conde Lucanor en la versión actualizada de Juan Vicedo que ofrece la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Pruébenlo, se lo pasarán muy bien, con o sin cafelito.

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